Carta a un hombre que no puede decir que no
Estimado Sr. Poe:
Le escribo desde el siglo que usted no llegó a ver, con una computadora donde usted tenía una pluma y un cuervo, y sin la menor idea de cómo se escribe a un muerto. Aclaro que la falta de respuesta no es descortesía suya; es su condición.
Vengo a pedirle permiso, o más bien a confesar que me lo tomé sin pedirlo. Hay un proyecto de música hecho con inteligencia artificial que lleva medio nombre suyo: Edgar Allan Music. Me gustaría decirle que fue homenaje. Fue también bastante descaro, pero con intenciones literarias, que es la única excusa que usted hubiese aceptado.
Sé lo que usted pensaría de una máquina que compone. Algo entre el espanto y la curiosidad, sospecho. Usted escribió sobre autómatas, sobre mentes que se descomponen, sobre la voz que insiste desde adentro. Me atrevo a pensar que alguien así temería menos a una máquina que a quien la usa sin criterio. Es decir, a gran parte de internet.
Por eso le hago tres promesas. Primera: no voy a esconder que la música la hace una máquina. Segunda: cada canción va a nacer de un libro de verdad, leído de verdad, no resumido por otra máquina. Tercera: voy a mantener la melancolía, que es lo único suyo que sigue sin derechos de autor y, por lo visto, en alza.
Si no está de acuerdo, ya sabe dónde encontrarme: en la ventana, a medianoche, con un pájaro negro que repite una sola palabra. Supongo que será nunca más. Intentaré tomarlo como un "sí, pero con cuidado".
Con respeto, y bastante miedo,
Edgar Allan Music
P. D.: Si me demanda, le aviso que sus abogados tendrían que llegar hasta Baltimore por la vía espiritual. No lo recomiendo; el tráfico ahí es de otro mundo.
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